El Silencio = Giuliani
¿Porqué no se debatió la cuestión de viviendas en las elecciones?
Traducido por Vajra Kilgour
Una cuestión crítica estuvo casi completamente ausente de la campaña electoral para la alcaldía este año: la cuestión de la vivienda. Como sabe la mayoría de los lectores de Tenant/Inquilino, la ciudad de Nueva York está pasando una crisis gigantesca de vivienda. El desamparo es sólo su expresión más visible; la escasez de vivienda asequible alcanza hasta a una gran parte de la clase media.Inquilinos en viviendas de renta estabilizada gastan un promedio de un tercio de sus ingresos para pagar el alquiler, con un ingreso medio de $21,000 por año, y un alquiler promedio de $642 por mes. Ahora es casi imposible encontrar un apartamento vacío por menos de $600 fuera de los lugares más pobres y aislados de la ciudad; apartamentos de dos dormitorios en los vecindarios de clase media se alquilan por más de $1,000, y están aumentando rápidamente. Empero, los dos candidatos para la alcaldía guardaron un silencio extraño en torno a la cuestión, sobre todo después de que las leyes de estabilización se renovaron en junio.
El silencio del alcalde, Rudolph Giuliani, era entendible, porque su historial en torno al tema es pésimo. No hay que hacer nada más que seguir el dineroílos cientos de miles de dólares que le dieron a la campaña del alcalde los negocios de bienes raíces, una gran parte de ellos en contribuciones de cantidades ilegalesípara darse cuenta de los servicios prestados en cambio: el proyecto presentado en 1995, de los miembros nombrados por Giuliani ante la Junta de Regulación de Renta, con el cual casi lograron imponer la desregulación de los apartamentos vacíos; en 1996, los más grandes aumentos en casi una década para apartamentos de renta estabilizada; y tres años consecutivos de aumentos adicionales para apartamentos que se alquilan por $400 o menosíen su mayoría los hogares de los inquilinos más pobres.
El historial de Giuliani en torno al desalojo es particularmente brutal. En 1995, un ejército equipado de un tanque y fusiles de asalto invadió la calle 13 para desalojar a los ocupantes de tres edificios ubicados allí, aunque los ocupantes tenían pendiente una demanda para quedarse con los edificios. (Uno de los contribuyentes ilegales de Giulani es el contratista quien ahora está renovando los edificios para la ciudad.) En febrero pasado, el gobierno municipal empezó a derribar otro edificio in Loisaida, con un ocupante todavía adentro, haciendo caso omiso de dos órdenes judiciales que le mandaron detener la demolición. En julio pasado, la ciudad derribó una pensión en la calle primera, con las posesiones y mascotas de los inquilinos todavía adentro.
Aunque el alcalde respaldó la renovación de las leyes de control de renta durante la primavera pasada, su apoyo fue poco caluroso, casi nominal. No criticó la disminución de fuerza que se hizo eventualmente en las leyes, y no llevó al debate ni pizca de su belicosidad habitual. Mientras la organización fuerte de los inquilinos de las viviendas públicas ha prevenido que él les haga mucho daño, ¿quién sabe qué clase de intriga las fieras de privatización del Instituto de Manhattan están fraguando para su segundo mandato?
Sin embargo, Ruth Messinger no se aprovechó de todo esto. Aunque criticó a Giuliani durante el debate sobre las leyes del control de renta, se mantenía relativamente callada en ese debate; aun la campaña de Sal Albanese, que carecía de recursos financieros hasta el punto de dar lástima, era más visible. La campaña de Messinger se enfocó en la educación, en la reinvención del gobierno, y en la “mezquindad” de Giuliani, pero ella dijo muy poco en torno al tema de vivienda, que además brilló por su ausencia en la lista de problemas no solucionados que ella citó en el discurso que dió al conceder la elección a Giuliani.
Todo esto deja a uno perplejo, y puede ser el error que condenó al fracaso la campaña de Messinger. Si hay campo en que la mayoría de los neoyorquinos han perdido terreno durante el mandato de Giuliani, tiene que ser el de los gastos de alquiler. Si Messinger hubiera querido tener algo para distinguirse del alcalde, una oportunidad para condenar sus antecedentes, y de una manera que hubiera conectado con los votantes, la respuesta habría que ser tan abiertamente escandaloso como un anuncio para “apartamento de un dormitorio, que se puede compartir.”
Messinger tuvo un historial fuerte como partidaria de los inquilinos, como miembra del Consejo Municipal; hasta se atrevió apoyar el control de renta comercial, lo que le ganó la enemistad y desprecio de una gran parte de la poderosa élite de la ciudad. ¿Estaba tratando de deshacerse del estereotipo de “liberal del Upper West Side,” o evitar alejarse de los contribuyentes caudalosos y la junta editorial del New York Times? Si eso es lo que trató de hacer, el esfuerzo resultó inútil. Así como la élite opuso el control de renta, también se comportó como si cualquier oposición a Giuliani estuviera tan absurda como querer volver la Bolsa de Nueva York en “casa de crack.” Messinger ni siquiera obtuvo apoyo por aquellos lados, y faltó de inspirar a los votantes que lógicamente debieron ser sus electores.
En cambio, Margarita Lopez, haciendo campaña como partidaria franca de los inquilinos, ganó la elección al Consejo Municipal, de una base fuertemente organizada. Se puede aseverar que su distrito de Loisaida está bastante a la izquierda de los demás de la ciudad, pero eso no evitó que eligiera a un demócrata rabioso partidario de Giuliani, Antonio Pagán, en 1991 y 1993. López derrotó a una protegida de Sheldon Silver en las primarias demócratas y ganó casi dos tercios de la votación en la elección generalímientras Giuliani ganó en el Bajo Manhattan.
La cuestión de vivienda no va a desaparecer. ¿Cómo puede vivir aquí la gente con ingresos bajos o modestosílos maestros, choferes de taxis, secretarias, obreros industriales, artistas, y bodeguerosía menos que compartan sus apartamentos con dos o tres otras familias, así como lo hicieron los inmigrantes del fin del siglo pasado? Ahora que el sector privado se dirige a cobrar los alquileres más altos posibles, mientras hay poco o ningún dinero para las viviendas públicas, y el sistema de control de renta está lleno de escapatorias, el porvenir no luce muy brillante.