Arrasan el jardín La Esperanza
Por Ben Shepard,
Traducido por Lightning TranslationsEl teléfono empezó a sonar a eso de las 11 de la noche del lunes 21 de febrero. Me había inscrito en el árbol telefónico como uno de los detenibles, decidido a usar mi propio cuerpo para impedir que los buldózers destruyeran el jardín comunitario La Esperanza. Los mensajes afirmaron que mañana sería la fecha.
El Jardín de La Esperanza había crecido de los escombros de una vecindad que estaba tambaleando por la crisis económica de los años setenta. Alicia Torres convirtió un terreno baldío en la calle Siete Este, entre las avenidas B y C, en un jardín magnífico donde dos generaciones de su amplia familia había festejado cumpleaños, bodas, días de fiesta, y los cambios de las estaciones. Era un espacio seguro donde los niños podían escapar de las calles del Loisaida, en ese entonces la provincia de narcotraficantes. Y ya que el terreno había sido limpiado, el ayuntamiento de Giuliani quería ganar un poquito de dinero de él. El especulador Donald Capoccia, que había dado unos $50,000 a las campañas del alcalde, adquirió el sitio del jardín a la ciudad sin que se realizara ningún proceso de licitación imparcial.
Giuliani aseveró que Capoccia iba a construir vivienda para gente de ingresos bajos en el lugar, y que los partidarios del jardín estaban viviendo fuera del mundo real. La verdad es que los 79 apartamentos que Capoccia planea construir es vivienda 80/2080 por ciento serán apartamentos de lujo que se rentan al nivel del mercado, mientras un 20 por ciento simbólico serán apartamentos reservados para inquilinos de bajos ingresos. El miembro del Concejo Municipal del Loisaida, Margarita Lopez, había servido como intermediario en un pacto que le dio al Capoccia el sitio de La Esperanza a cambio de que se salvara un jardín muy cerca, en la Avenida C.
Unos 100 personas estaban en el jardín cuando llegué a las 6 AM, 150 a las 8 AM. Antes habían falsas alarmas, pero esa mañana se sentía distinta. Toda la calle Siete Este estaba vacía. Una patrulla bloqueó el tráfico en la esquina de la avenida C. Con la acción pendiente, había cada vez más ansiedad entre la gente. Dentro del jardín estaban los activistas de Reclamar las Calles (Reclaim the Streets), la Iglesia Dejar de Hacer Compras (Church of Stop-Shopping), Se Acabó el Tiempo (Times Up), el Colectivo del Loisaida (Lower East Side Collective), y ¡Más Jardines! (More Gardens!), así como tres generaciones de la familia de Alicia Torres. La mayoría había permanecido toda la noche. El coquí, la rana de árbol gigantesca de los mitos puertorriqueñosconstruida por los activistas para vencer a los enemigos más grandesobservaba el escenario desde arriba.
Al llegar, mi amigo Brad me preguntó, ¿Puedes ayudarme a distraer al operador para que pueda ponerme debajo del buldózer? Me pareció una estrategia conveniente. Para aumentar el sentido de urgencia, después de meses de trabajo por parte de los activistas jardineros, el Fiscal General del Estado, Elliot Spitzer, estaba entablando esa misma mañana una reclamación de entredicho para prohibir la destrucción de todos los jardines.
Ningún entredicho podía entrar en vigencia antes de las 2 de la tarde a lo más tempranopero si los activistas pudieron poner en jaque a la policía y los buldózers durante la mañana, había una posibilidad que el jardín se salvara. Unos activistas, con cerraduras de bicicleta en los cuellos, se ataron al alambrado que rodeaba el jardín, mientras otros se encadenaron en dragones dormidos, pipas conectadas a bloques de hormigón enterrados profundamente en el suelo. Un otro grupo se encadenó en un girasol en forma de torre de 45 pies de altura, y en trípodes. Y, por supuesto, cinco activistas se encerraron dentro del coquí, con esperanzas de salvar La Esperanza.
La policía se agrupó delante del jardín, mientras un buldózer esperaba en la lejanía detrás de él. Los activistas fueron cerrados con llave adentro. Proteger y servir al jardín, protestar y servir al pueblo, coreamos. La policía se movió hacia dentro, derribando el alambrado delante del jardín, cortando con sierra la cadena de una activista atada a él. Entonces, uno por uno, la policía detuvo a 25 activistas que se habían encadenado en el jardín o juntos habían formado cadenas humanas. En total, se detuvieron a 31 personas, muchas de ellas por primera vez en la vida.
Los buldózers tomaron 15 minutos para demoler el jardín, que había existido por 22 años. Los detenidos fueron procesados por la policía; muchos pasamos hasta 30 horas en la cárcel, la mayoría de nosotros en las celdas de detención en el sótano de la cárcel de Manhattan.
En la cárcel, oímos que el Fiscal General había tenido éxito en procurar una orden provisional de restricción del desarrollo de todos los jardines de Greenthumb (menos el jardín La Esperanza, que fue omitido del arreglo por estar ya destruido). Mas tarde, Spitzer dijo que el alcalde había subvertido el proceso legal por arrasar el jardín justo en el momento cuando el caso se vio en la corte.
Giuliani se apeló al debate de siempre, que dice que la ciudad tiene que optar entre la vivienda y los jardines. Los activistas jardineros rechazan esta suposición rotundamente. Ellos arguyen que dados los miles de terrenos baldíos y edificios ruinosos que se pueden reestructurar en los cinco condados, hay cupo tanto para los jardines como para la vivienda. (Más tarde, un vocero del alcalde sostuvo que las contribuciones de Capoccia no tenían nada que ver con su ganancia de los contratos de desarrollo para los sitios de La Esperanza, los jardines arrasados en diciembre de 1998, y los edificios abandonados y ocupados por activistas de vivienda que luego fueron desalojados, en la calle Trece Este. Al contrario, dijo el ayudante, el especulador le dio dinero al alcalde por su apoyo en torno a la cuestión de derechos para homosexuales.)
La noche en la cárcel fue larga y fea, pero me alegré de estar adentro, en vez de afuera en las calles donde se realizaba la destrucción del jardín. Pensé en mis amigos que habían arriesgado sus vidas, que habían dicho que harían lo imposible para salvar este pequeño espacio comunal, el coquí. Nunca he sentido más alegría y conexión con neoyorquinos de todas esferas como sentía mientras estaba parado en una tormenta de nieve, sonriendo cerca de la hoguera durante el campamento del invierno, y compartiendo historias en La Esperanza. La comunidad que se construyó en la lucha por el jardín es algo que nadie nos puede quitar jamás; la energía de defender este espacio es algo que no se va.